Lo primero pa’ Elegguá
Vamos a decir primero …
una prosa pa’ Elegguá,
porque en la fiesta yorubá
le cantan primero a él
y cuando acaba la fiesta,
también le cantan a él.
Porque va abriendo el camino
Pa’ que yo pueda pasar,
paso a paso, de su mano …
y todo me vaya bien.
Porque siempre lo saludo
con tre’ golpe’ nada ma’
y le digo muy bajito:
echa pa’ ‘lante Elegguá,
porque tú va de primero,
siempre a’lante, yo detra’,
pero quiero que recuerde,
que ésta es mi primera fiesta,
que ésta es mi primer danzón,
que ésta es mi primera rumba,
que éste es mi primer bembé
y necesito mi Elegguá,
mantener siempre mi aché.
© Teresa Dominguez Alfonso
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Los dolores de Francisca
Todos los días, a Francisca le dolía algo y el pobre Francisco, ya no sabía que hacer con ella.
- Franci’ca … ¿Qué te dolé hoy?
- Hoy me dolé brazo ‘quierdo Franci’co.
- ¿Ayé’ no te dolé brazo derecho?
- El doló’ pasá’ de brazo derecho, pa’ brazo ‘quierdo, pero hoy va’ vení’ Chinango, y me va’ curá’.
- ¿Chinango?
- Si … Chinango sabé’ remedio, y me curá’.
- Franci’ca … Chinango sé’ mentiroso y yo no sabé’, como te curá’.
- Facilito, facilito… con caldo y pechuga golda ‘e gallina.
Francisco mira a Francisca sin comprender y le pregunta con terror:
- ¿Tú cogé’ con gallina golda, pa’ ‘cé’ caldo a Chinango?
- Si Franci’co, con eso yo va’ curá’, lo dice Chinango.
- ¿Con caldo y pechuga ‘e gallina?
Poco tiempo después, llega el Guachinango mui contento, pensando en el atracón de gallina que se va a dar y le dice a Francisco:
- Franci’co te prometo que de’de hoy, Franci’ca no tené’ má’ ningún doló.
- ¿Cómo tú hacé’ pa’ que curá’ con caldo y pechuga?
- Ya verá’ … ya verá’ …
El Guachinango se sienta y le dice a Francisca, que traiga el caldero con el caldo, ella lo trae muy contenta.
- Pon caldero al la’o mío …
Francisca pone el caldero al lado del guachinango.
Entonces, Francisco, que no ve bien la cosa, le pregunta a Guachinango:
- ¿Donde poné’ Franci’ca?
- Delante de mí …
- Y … ¿Donde poné’ yo?
- Tú te alejá’ ba’tante pa’llá.
- No … Yo quedá’ aquí, ‘la’o caldero.
El Guachinango coge una jícara, la mete dentro del caldero, la saca llena de caldo y se la da a Francisca … después agarrando un gran pedazo de pechuga … se dispone él a meterle el diente … pero …
- ¿Cómo son cosa, Franci’ca tomá’ caldo y tú te zampá’ pechuga?
- Así ella curá’ …
- Dame pechuga, yo mi’mo curá’ Franci’ca.
Y echándole mano a la pechuga, Francisco, empuja para afuera a Guachinango, mientras Francisca sigue encantada tomando su caldo, poco a poco … y Francisco con sus fuertes dientes, arranca grandes pedazos a la pechuga, que Guachinango mira desde lejos, con un gran dolor en su hambriente barriga.
© Teresa Dominguez Alfonso
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Babalú Ayé
San Lázaro, Babalú,
que siempre estás a mi lado,
cuidando a cada momento
de mi vida, mi salud.
Tú, airoso, justiciero
y milagroso además
y siempre con tus perritos,
que tú quieres, yo también.
Lázaro, tú que conoces
el dolor de los demás,
protégeme para siempre
mi viejo … Babalú Ayé,
camina aquí, a mi lado,
dame valor, amistad
y nunca, nunca me olvides,
dame fuerza y voluntad.
© Teresa Dominguez Alfonso
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Mi perro cimarrón
¡Jícara, vamos! … Ven con tu amigo taita.
Señoras y señores de la sala …
¡Oh! … Me equivoqué, quise decir, señoras y señores lectores.
Arreglada la cosa, les diré que esa no es una jícara cualquiera, de eso nada, es muy especial … usted no puede echar en ella algo para tomar, así, como por ejemplo, una buena cantidad de aguardiente, para en determinados momentos, dispararse sus buenos trancazos, pues … no señor, no, y no.
Esta Jícara, con Mayúscula, tiene dos orejas que lo escuchan todo, siempre están alertas, dos ojos que todo lo ven, un hocico alargado, provisto de unas buenas mandíbulas … con dos preciosas … hileras de dientes, que si se empatan con alguna canilla … hasta ahí, fué canilla, además, tiene un tamaño, que vamos … es mejor no hablar.
Señoras y señores, el distinguido es nada más y nada menos, que un tremendo perrazo, muy bien plantado sobre sus cuatro robustas patas.
Este perro, está muy bien entrenado para buscar cimarrones, es decir, los esclavos que se le fugaban a los amos.
Pero sucede que taita Fefé, desde que dicho perro, era un cachorrito, sentía cariño por él y el animal le correspondía de igual forma.
Por eso, cuando ambos se encontraban, retozaban como niños, lo que molestaba al mayoral, que mucho menos toleraba, que taita llamara Jícara al perro, porque él quería que todos le llamaran Cuérazo.
A mí me parece, que el pobre animal no estaba muy de acuerdo con el nombrecito que le impuso el mayoral, porque algunas veces, cuando le llamaban Cuérazo, lo que hacía era gruñir y enseñar los dientes. Pero cuando taita Fefé le gritaba:
- ¡Jícara!
Venía que jódia … desde luego si el mayoral estaba lejos, porque le había advertido a taita Fefé, que no lo quería ver cerca del perro y mucho menos, oir que le llamaba Jícara.
Por eso un buen día lo llamó para decirle:
- Oye taita, no joda’ má’ y deja quieto al perro … yo sé que fui’te tú el que lo encontró perdí’o en el monte, cuando tu estaba’ cortando yerba y que lo cuida’te y to’ eso, pero … ¿Pa’ qué carajo, tú necesita’ perro?
Contigo iba a e’tar tan bruto como tú, pero de’de que te lo quité, aprendió y ahora no hay en to’a la zona, otro como él, tú sabe’ que no hay ni un sólo cimarron que se le escape. Ya tú no ere’ su dueño, su dueño soy yo … y si tú lo quié’ sabe’, ‘condete en el monte, que los do’te vamo’ a encontrá’ … pero pa’ eso, pa’ viví’ monte y se’ cimarrón, hay que tené’ cojone’ … y tú sólo pue’ se’ e’clavo.
El taita levanta su frente como movido por un resorte y sus obscuros ojos, tan negros como la noche, se posan fieramente en los del mayoral, que algo inquieto, por no decir temeroso, vuelve la espalda y se aleja presuroso, olvidando en su apuro, al perro de la discordia, que efectivamente, se queda con su verdadero dueño, el que en verdad lo quiere y siempre ha protegido y cuidado, su negro, taita Fefé.
Unos días después, muy temprano en la mañana, cuando todos se disponían a hacer sus trabajos en el campo, todo el mundo aparece menos … taita Fefé.
El mayoral se enfurece, busca y rebusca a taita, que no aparece.
- ¡Ah, cabrón! Ya sé, cogi’te pa’l monte pero yo te voy a buscá’ con el perro y tú verá’ que Cuerazo y yo te traemo’. Ahora tú va’ a sabé’, que ese perro no e’ tuyo.
El mayoral quiere ir solo con el perro y ordena quo nadie lo siga.
Lógicamente, Jícara lo lleva directamente, hasta el lugar donde se esconde Fefé, pues todos sabemos que el pobre animal quiere mucha y es por ese motivo, que aprovechándose de ese amor del animal, que el mayoral lo encuentra, más rápido de lo pensado, en lo profundo del monte.
Por cierto, un lugar bastante apartado, porque ambos tuvieron que hacer un gran recorrido, hasta donde estaba Fefé, que sentado sobre una gran piedra, se pone en pie de un salto, cuando los ve llegar, al tiempo que el perro muy contento, corre hacia él moviéndo la cola a más no poder, todo lleno de alegria.
El mayoral sonríe.
- Yo sabía que te íbamo’ a encontrá’ desgracia’o. El perro que tú quier’ tanto me trajo derechito, derechito.
- Mayorá’, yo queda aquí, la monte.
- ¿Sobes taita? Yo creo que tú ‘ta loco.
- Mayorá’, yo queda aquí …
- ¡Tú va’ ve’ si tú queda’ aquí …
El mayoral hace ademán de levantar el látigo, pero veloz como un rayo, Fefé le agarra el brazo con tanta fuerza, que le hace poner las rodillas en tierra.
- ¡Sué’tame, sué’tame, carajo!
Taita lo suelta y el hombre siente tanto dolor, que no sabe que hacer con su brazo.
- Mayorá’ … yo queda’ aquí, vete y no regresá’ ma’ nunca … si Jícara se va contigo, yo dejá’ que vaya, pero si queré’ quedá’ conmigo … conmigo quedá’.
- ‘Ta’ bien, ‘ta’ bien, pero yo regreso taita, ya tú lo verá’.
- Mayorá’ … sí tú regresá’, yo te rompé’ to’ lo ‘güeso’, yo no te dejá’ ni un sano, yo sí sé viví’ la monte mayorá’ … no olvidá’ nunca mayorá’, po’que yo sí tené’ cojone’ pa sé’ cimarró’.
El mayoral, lo mira con ira.
- ¡Vamos Cuérazo!
Pero el tal Cuérazo, si alguna vez tuvo este nombrecito, de repente lo olvidó por completo, porque fue como una flecha para donde estaba Fefé … y se echó comodamente, y muy tranquilo a su lado.
El mayoral, mira el perro, con más ira aún, al tiempo que repite:
- ¡Vamos, Cabrón Perro!
Pero Cabrón Perro, le enseña todos los dientes y le gruñe fuertemente, como si estuviera cansado de tanta jodienda.
El mayoral al fin se va, vociferando todas las malas palabras que tiene en su grosero repertorio y que recuerda muy bien.
El fiel perrazo, pone sus dos fuertes y cariñosas patas delanteras, en el noble pecho del taita, que en un impulso de verdadera amistad, lo abraza, mientras le dice:
- Mayorá’ tené’ mie’o, ya no mole’tá’ má’, ya tú tambié’ sé’ libre como viento, ya tú no sé’ má’ Cuérazo, no señó’, ahora tú sé’ Jícara.
Mi perro cimarrón.
© Teresa Dominguez Alfonso
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Pincelada
Blancos, negros y mulatos,
mulatos, blancos y negros,
cuando viene la comparsa
nos vamos a guarachar.
Entonces …
¿Por qué tú dices
cuando viene la Bollera,
que la comparsa e’ de negro
que el blanco no va’ ‘rrollá’?
Mira … vamo’ a echar un pie,
que la conga callejera
que viene arrollando ahora,
te amarra con su bongó,
pa’ que tú marques el paso,
con el tambor de Changó.
© Teresa Dominguez Alfonso
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En una reunión de amigos, se encontraban tres, cada cual más mentiroso.
Siempre que se reunían, contaban tantas mentiras, que ellos mismos se asombraban de una manera espantosa.
Eran ellos:
Jacinto el cuarterón, el congo José y el español, don Manuel.
Don Manuel, muy alegre, empezó a contar
- Oigan ustedes, lo que me pasó un día que yo estaba paseando por el campo. Resu’ta que iba yo caminando y veo dos puercos que estaban encarama’os en una mata y cogé’ un buen seboruco pa’ tirales y cuando echo el brazo pa’ ‘trá’, tropecé con tre’ jicotellas que dormían en la mata que estaba detrás de mí … y con el golpe que les dí, pá’ cogé’ impulso, las tiré, ya muertecitas pa’ ‘l suelo, y con la piedra que le tiré a los puercos, maté a los dos, que llegaron al suelo y quedaron tiecisitos, sin decir ni ay. ¿Que les parece?
El cuarterón lo mira un momento y sonríe para después decir:
- Seño’ don Manué’, usté’ se ha pue’to un poco fatá’ … quiero que sepa’ que la’ tre’ jicotea que usté’ tumbó de mata pa’ cogé’ impulso, y que llegaron a suelo mue’tecita’ y no dijeron ni pio … eran miá’. Ahora, usté tié’ que pagá’ mi tre’ jicotea’.
Don Manuel lo mira asombrado … y no tiene tiempo de reponerse de su asombro, al escuchar la voz del congo José, que le dice muy alegre:
- Pué’ mira como sé cosa … lo’ do’ pue’co’ eso’, que caé’ de mata, eran mío’ … usté’ tambié’ t’ené’ que pagá’, lo’ do’ pue’co’ de congo José.
Bueno … como ya don Manué’ y yo arreglá’ problema de jicotea, voy a contá’ mi cuento.
- Miren ustede’ … detrá’ de conuco mío, hay un pe’acito ‘e tierra, y mi mujé’ quiso sembrá’ algo.
Despué’ de mucho pensá’, me dijo:
- “Mira Jacinto, yo creo que el pe’acito ‘e tierra que hay detrá’ de tu conuco, no tiene dueño, yo lo va’ cogé’ pa’ sembrá’ una mata ‘e papaya “. Yo le dije que sí, porque nunca nadie había vení’o a mirá’ ese pe’acito ‘e tierra.
- ¿Así que un pedacito ‘e tierra, que hay detrá’ ‘e tu conuco?
- Sí … y e’ buenísimo. Míren ustede’, mi mujé’ sembró la mata ‘e papaya y nació una tan grande, que nosotro’ tre’ junto’, no podemo’ cargarla.
- Así que esa papaya tan grande, que hay en el fondo ‘e tu conuco, es de tu mujer?
- Sí … e’ inmensa y …
- Esa tierra es mía. ¿Qué te parece?
El cuarterón Jacinto lo mira aterrado.
- Sí, señor cuarterón, esa tierrita es mía y tú y yo tenemos que arreglar ésto, porque yo no sé, si tú has visto, que al la’o ‘e la papaya ‘e tu mujer, hay una mata ‘e piña, que están to’as chiquiticas y raquíticas … y ahora me entero que culpa la tiene, la tremenda papaya de tú mujer, que se ha roba’o to’a la esa tierra y no ha deja’o que mi piña se ponga grande y jugosa. ¿Te enteras?
- Pero … don Manué’, yo no sabía …
- ¡Un carajo, Jacinto! Ahora tú … tienes que pagarme el tiempo que la papaya de tu mujer ha estado al la’o de mi raquítica piña.
- Mire don Manué’, yo creo que usté’ y yo podemo’ arreglá’ e’te asunto.
- ¿Sí? … ¿Cómo? Porque yo no le veo ningún arreglo.
- Mire, don Manué’ … usté’ ya no tené’ que pagá’ mi tre’ jicotea’, que tumbá’ de mata … y yo no pagá’ ese negocio de papaya y piña.
- Lo voy as pensar, lo voy a pensar porque de to’s modos, pue’ sí, quedamos en paz.
- Entonces … ¿ya te’miná’ problema?
- Bueno … digamos que sí.
- ¿Amigos?
- ¡Venga, un abrazo, hombre!
Entonces, como todo está arregla’ito y no hay ningún problema … que venga el cuento del congo José.
- Hombre, cuarterón, el cuento de nuestro amigo congo, no pu’ faltá’.
- Yo no queré’ hacé’ cuento.
Todos lo miran sin comprender, nunca el congo José se ha negado a contar sus famosas historias, que dice con mucha gracia.
- ¿Porqué hoy tú no quiere’ contá’ cosa?
- Mira cuarteró’, aqui hay un lío de tené’ que pagá’ cosa y yo no va’ sacá’ botija pa’ pagá’.
- Vamos hombre. Yo nunca he visto un congo apendeja’o. Cuenta algo bueno.
- Yo va’ contá’, pero yo no pagá’ ningún dinero.
- Vamos … empieza y no jodas má’.
- ¿Ustedes sabé’ quién era Rosa la cuarterona?
Don Manuel lo mira extrañado.
- ¿Que Rosa?
- La que vivía cerquitica de Jacinto.
Don Manuel se pone muy serio cuando le dice:
- ¿Tú conoces a Rosa la cuarterona?
- Si, yo mi’mito conocé’ …
Y el congo ríe a más no poder.
- Así que tú conoces a Rosa la cuarterona.
- Deja contá …
- Sí, don Manué’, deje que cuenta.
- Sí, cuenta … cuenta.
Y el congo José vuelve a reír muy contento, recordando sus fechorías.
- Aqui nadie sabé’, que congo José se llevá’ a Rosa.
- Fuíste tú, el que se llevó a la Rosa?
- Yo mi’mitico … sí señó’.
Y vuelve a reír, muy satisfecho, mientras don Monuel lo mira, con ojos de muy pocos amigos.
Entretanto, el pobre cuarterón, los mira sin comprender la actitud de don Manuel, que se pone de pie y se acerca muy despacio a José.
- ¿Sabes, congo José? Yo nunca supe quien se llevó a la cuarterona. ¿Asi que fuíste tú?
- Ya se lo dije, don Manué’, yo mi’mitico.
- Mira congo … mi cuento tú bien sabe’ que es mentira, el de Jacinto, tú tambien sabe’ que es mentira … pero el tuyo, tú sabe’ que es verdad, porque to’ el que vive por aquí conoció a Rosa y saben que ella dejó a su marí’o por un congo.
Y ahora yo me entero que ese congo eres tú, y lo que tú tampoco sabe, es que aquel marí’o, soy yo.
Así que ahora me entero que tú ere’ el Cabrón hijo ‘e puta que me puso los cuernos y me los clavó hasta los cojones.
© Teresa Dominguez Alfonso
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Lo mejor pa’ Yemayá
Señore’, yo tengo el uno
pa’ bailá’ en el bembé,
porque hoy toca E’tanisla’o
lo mejor pa’ Yemayá.
Ese negro sí que es bueno
en yoruba y lo demá …
y cuando su batá’ suena,
to’ el que se encuentra en la fiesta
se impira pa’ guarachá.
Yo estrenaré un pasillito,
que ‘ta bueno de verdá:
doy un pasito pa’l la’o,
doy otro paso pa’ ‘trá’…
un meneito en el medio
y ya te pongo a gozá …
pué’ con ese pasillito,
a muchos voy a tumbá’,
porque en la cintura tengo,
movimiento de verdá’.
No sé si ya ‘ta inventa’o,
o lo acabo de inventá’,
pero seguro … seguro …
que tié, no lo hace’ iguá’.
© Teresa Dominguez Alfonso
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Asturias y el Congo
Yo tengo una abuela blanca
olvidada … por allá …
y tengo un abuelo negro
olvidado … por allá.
Asturias y el Congo, un día,
juntaron sus corazones
y formaron uno solo,
fundidos por sus amores.
Dos culturas diferentes
hechas Ébano y Marfíl,
que con sus manos unidas
miran hacia el porvenir.
Por eso yo siempre pienso
en aquellos dos abuelos,
que aunque lejos en el tiempo,
en mi corazón están.
Sí … yo tenge una abuela blanca
que me besó con amor …
y tengo un abuelo negro,
que también me besó igual.
© Teresa Dominguez Alfonso
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Francisca y Francisco, vivían juntos, tenían un conuco y algunos guanajos, y otros animales, entre ellos, gallinas, perros y gallos.
Francisco estaba empecinado, en que o Guachinango estaba enamorando a su Francisca o Francisca estaba enamorando a su amigo Guachinango.
Un día lo invita a comer para ver que sucedía entre los dos. Pensaba que después de unos trancazos de aguardiente el Guachinango le confesaría la verdad.
Más tarde, en medio de la comedera y la borrachera que tenían, Francisco, medio borracho, le pregunta a Guachinango.
- ‘Chinango … ¿Qué tú queré’?
A le que Guachinango contestó rápido.
- Yo quiero, le mejor que tú tiene’ aquí.
Enseguida Francisca sonríe y mira alegra a Francisco y a Guachinango, pensando que los dos van a discutir por sus amores, porque ella piensa que es lo más importante que hay allí.
Francisco mira a Francisca, después mira a Guachinango, arruga la frente para decir:
- Pué’ yo no te le va’ da’.
- Yo te va’ da’ a cambio, el mejó’ pue’co que tengo.
Francisca se pone muy seria, los mira a los dos … y piensa que ella no está de acuerdo en que la cambién por un animal y mucho menos por un puerco.
Agarra una jícara, le echa aguardiente y … se mete tremendo aguardientazo, mientras Francisco dice:
- ‘Chinango … ¿tu creé’ que yo te va’ cambiá’ Franci’ca po’ pue’co?
- Ay Franci’co … lo que yo quiero, es cambiá’ puerco, por esa guanaja golda que tú tienes ahí.
Francisca le tiró a Guachinango la jícara por la cabeza.
© Teresa Dominguez Alfonso
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Noche Española – Cubana

Noche española-cubana,
hecha de tobaco y ron,
hoy yo te presto mis claves,
tú, me prestarás tu voz …
Y nos iremos del brazo
con un bandolero tres,
para regalarle a España,
las notas de mi canción.
Noche española-cubana,
con sus coplas y emociones,
que vienen desde muy lejos
uniendo sus corazones.
Noche española-cubana,
blanca, mulata, morena
tú y yo, le damos un verso
a la virgen Macarena.
Noche española-cubana,
rumbera, gitana hermosa,
que al bailar teje su ritmo
junto a la maraca airosa.
Noche española-cubana,
Santa Bárbara-Changó,
con el mestizo ropaje
de castañuela y bongó.
Noche española-cubana,
eres flamenco-danzón,
si me visto de gitana
cuando te traigo mi son.
© Teresa Dominguez Alfonso
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